Nadie te está haciendo nada.

Hay una mentira que el ser humano repite durante toda su vida: “Me hicieron esto.” La pronuncia con la seguridad de quien ha encontrado al culpable de su desgracia. Alguien lo traicionó, alguien lo abandonó, alguien lo humilló, alguien decidió por él. Y así, poco a poco, entrega su voluntad a una sucesión interminable de personas ausentes. Don Juan llamaba a esto vivir como una hoja a merced del viento. No porque el viento no exista, sino porque la hoja ha olvidado que puede dejar de ser una hoja. El mundo puede golpearte. Puede dañarte. Puede arrancarte de donde estabas. Pero si después de todo eso continúas viviendo bajo el mandato de aquello que ocurrió, entonces ya no es el acontecimiento el que te gobierna. Eres tú quien mantiene vivo su poder. En Viaje a Ixtlán, esta es precisamente la acusación contra el hombre que se queja y siente que todo el mundo lo hace bailar a su son: “No hay poder en tu vida.”

El guerrero no discute con el viento. Calcula. Mira lo que tiene delante y decide qué puede hacer con ello. Después actúa. Eso es control y abandono: primero reunir la voluntad, después soltarla en el acto. Por eso la enseñanza resulta tan incómoda. Un guerrero puede sufrir daño, pero no necesita convertir ese daño en una ofensa. Puede reconocer la crueldad de otro sin arrodillarse ante ella. Puede haber sido herido y, sin embargo, negarse a construir alrededor de esa herida una identidad. Don Juan incluso lleva el ejemplo hasta el extremo: frente a un animal que amenaza la vida, no hay tiempo para sentirse ofendido; sólo existe la necesidad de sobrevivir. La ofensa necesita que tú participes en ella. Necesita que vuelvas una y otra vez al acontecimiento, que lo juzgues, que lo expliques, que lo uses para demostrar que merecías otra vida. Allí empieza la pérdida de poder.

La autocompasión es más astuta de lo que parece. No llega anunciándose como debilidad; llega disfrazada de justicia. Te dice que tienes derecho a lamentarte porque lo que ocurrió fue injusto. Y quizá lo fue. Pero la autocompasión no quiere justicia: quiere conservar su lugar. Quiere que sigas contando la misma historia porque mientras exista un culpable afuera, tú puedes permanecer inmóvil adentro. Por eso el guerrero reconoce su dolor, pero no se entrega a él. La rueda del tiempo es brutal en este punto: sentirse justificado en la tristeza y en la queja por creer que alguien nos está haciendo algo no produce poder; lo consume. Y el poder personal no es una idea, sino un talante, un ánimo que se adquiere durante toda una vida de lucha.

Entonces la pregunta deja de ser quién te hizo daño. Esa pregunta pertenece al hombre que todavía necesita explicar su derrota. La pregunta del guerrero es mucho más peligrosa: ¿qué parte de mi vida sigo entregando a ese acontecimiento? Mira con cuidado. Tal vez aquella persona ya no está. Tal vez murió. Tal vez nunca volverás a verla. Y, sin embargo, una frase suya todavía puede cambiar tu ánimo; una antigua humillación todavía puede determinar tus decisiones; una traición ocurrida hace años todavía puede decidir cuánto confías, cuánto amas o cuánto te atreves a vivir. Entonces comprendes la verdadera magnitud del asunto. No necesitas vencer a esa persona. Necesitas dejar de obedecerla. El viento seguirá soplando hasta el último día. La muerte misma será nuestra compañera y no podremos cambiar sus designios. Pero entre el primer golpe del viento y el último aliento existe algo que todavía puede ser reunido: el espíritu.

Y reunirlo, depurarlo y hacerlo impecable es, en palabras de Don Juan, la única tarea digna de nuestra transitoriedad.

Claudio Arenas Vergara
Escuela de Alta Consciencia

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